octubre 01, 2009

20 años

"Caray... como pasa el tiempo..." Escribió mi padre en alguna ocasión.

20 años hace que un país incrédulo, anonadado, recibió una noticia devastadora, que caló profundamente en el ánimo de muchos millones de mexicanos.

En mi caso provocó una profunda herida que aún no sana, y dudo mucho que algún día termine de sanar.

Eran alrededor de las once de la mañana, tal vez un poco mas tarde. Nos encontrábamos en el pequeño auditorio de las oficinas del Comité Nacional del PAN, con varios jóvenes y algunos más, entrañables amigos del municipio de Atizapán de Zaragoza, en un curso, no recuerdo el tema, impartido por los queridos Norberto Corella y 'Cocoa" Calderón Hinojosa.

Esa mañana de domingo nos encontrabamos ahí aprendiendo seguramente sobre los principios, tan profundos y, a la vez, tan prácticos de la doctrina panista.

Como a tantos y tantos mexicanos que, hasta pocos meses antes, vivíamos decepcionado de la política mexicana, Maquío llegó a nuestras vidas, a la vida de nuestra patria y removió sus cimientos, nos generó esperanza, nos involucró en su lucha, que tenía que ser la de todos, y no nos dió cuartel para enfrentar la tarea.

A partir de que en un mítin, al que sólo fui como acompañante y sin ninguna espectativa, en el Toreo de Cuatro caminos, mi familia y yo participamos de manera entusiasta, pero aislada repartiendo volantes que recogíamos en el comité estatal del PAN del Estado de México, precisamente junto al Toreo. Hicimos mantas, invitamos a amigos y desconocidos a no quedarse fuera de esta gran oportunidad que tenía México de salir adelante. Poco después, por recomendación de Javier Paz, en ese momento presidente estatal del PAN, nos hicimos presentes en el Comité Municipal del PAN en Atizapán de Zaragoza. No fuimos los únicos, decenas de familias como la nuestra se acercaban a ver en que podían apoyar, de que manera podían ayudar a que este gran movimiento nacional, que se iniciara con la elección del Maquío como candidato del PAN, pudiera rendir frutos.

Nunca como entonces vi en el ánimo de la gente de a pie, de las personas que viajaban en transporte público, de la mayoría de las personas con las que platicábamos, cercanas y lejanas, conocidas y desconocidas, el aliento de la esperanza, del "si se puede", de que nuestra participación, la de cada uno, es importante y trascendente.

Mítines siempre alegres, caravanas de cientos, quizá miles, de automóviles. La familias en pleno, hijos, padres, abuelos, tíos, reunidas frente al líder: "Yo voy delante" decía... "pero sólo unos pasos, no me dejen solo porque solo no hago nada".

Y así transcurrió una campaña, mi primera campaña, de tiempo completo. Nada tenía importancia, sólo lograr el objetivo... ¿Y cual era este? Simplemente, como dijera Gómez Morín, "Mover las almas". Y las almas no sólo se movieron, se sacudieron el letargo provocado por tantos años de dictadura, se sacudieron el egoísmo y la apatía y salieron a la calle, a demostrar su indignación, siempre de manera –y esto fue verdaderamente notable– de manera respetuosa al adversario, porque no había enemigo.

Familias que se mantenían firmes, siempre frente a la velada amenaza de judiciales, soldados, granaderos que, junto con nosotros casi siempre terminaban diciendo, de manera a veces discreta y a veces no, "Los azules son del PAN".

Vinieron las elecciones, el fraude anunciado, la posición siempre correcta del Maquío y la no tan correcta y, en mi opinión, oportunista de Cárdenas, el desánimo de la gente y la incredulidad, la recolección de firmas para pedir la anulación de la elección, la gente de clase popular en su mayoría, preguntando "¿Qué pasó? Si yo voté por Maquío y así lo hicieron toda mi familia y mis vecinos".

Posteriormente la calificación electoral. Estuve presente, con algunos amigos, casi todos los días en la Cámara de Diputados, gracias a que el entonces diputado Astolfo Vicencio nos franqueaba la entrada. Vivimos el voto irresponsable, automático y tramposo, de los diputados del PRI, de manera especial el de Ignacio López Tarso, que lo único que haciá era leer el periódico, actividad que interrumpía cuando le avisaban que era momento de levantar el dedo.

Las protestas, la Resistencia Civil Activa y Pacífica –no malas imitaciones–, el don de gente de los personajes del PAN para con nosotros los jóvenes, que por primera vez nos involucrábamos en estos menesteres, Don Luis, Carlos Castillo, el mismo Diego, Cecy Romero y tantos otros que se daban el tiempo de platicar con nosotros en mítines, en las oficinas del PAN, en las 'taqueadas' que nos permitían seguir en la actividad constante.

La presencia de Maquío en la Cámara de Diputados, donde presentó como un humilde Soldado de la Democracia.

Los mítines y la huelga de hambre, en la que participamos brevemente, pidiendo la Reforma Electoral

Y llegó ese domingo 1 de octubre, Norberto y Cocoa diciendonos: "Acabamos de recibir por el radio (de onda corta) una muy mala noticia..." La incredulidad, siendo este pequeño grupo los primeros que nos enterábamos, el llanto, el tan difícil comunicarlo a familiares y amigos. La misa que se hizo en la colonia Cuauhtémoc, la reunión de cientos de personas también incrédulas, conmovidas y muchas de ellas, enojadas y pidiendo justicia, en El Ángel.

El viaje a Culiacán en coche, el paso por el lugar donde supuestamente ocurrió "el accidente". La misa. La procesión en los que, después me enteré, fueron 16 kilómetros de caminata al panteón, de los cuales sólo recuerdo el calor y a los bomberos que pasaban, a cada tanto, echándonos agua para refrescarnos.

El adiós en la tumba; la lona que dejamos dentro, la que tantas veces y en tantos mítines desplegamos y que decía "Atizapán presente".

Y el regreso, la tristeza, la desesperanza.

La campaña pro monumento y las misas anuales en Catedral.

Los destellos en las campañas de Diego, Vicente y Felipe.

Querido Maquío.

Fuiste el modelo, el personaje a seguir. Después de ti México no volvió ni volverá a ser igual que antes. Ojalá más personas te recordaran y, sobre todo, recordaran el por qué de tu lucha, de tus ideales y tu congruencia.

Hoy, a 20 años, con un recuerdo vivo y aún con lágrimas en los ojos, me digo: "Caray... como pasa el tiempo..." en este país, en el que no pasa nada.

beto bolaños